En la Cabeza de la Serpiente
Todos los hombres somos
Ícaro
Fugaces, audaces hombres de
mar
¿Y qué hacer si al llegar
al cielo
no nos queda más que
nuestras alas calar?
En efecto, todos somos Ícaro, dijo Walter bajando el cigarrillo para
apagarlo contra el cenicero. Volvió a ver a sus dos amigos: ambos estaban ahí,
bajo la espesa nube de humo que cubría el pequeño sótano en donde habían decidido
instalarse. Estaban Jorge y Lucía, los dos viendo sus copas como si fuesen
espectáculos en sí mismos. Observaban el ir y venir del fluido, el movimiento
aleatorio del agua de hielo mezclarse con el ron, se perdían en la danza que
tenía el mundo en una copa de vino. Todos parecían como tener vergüenza de
verse las caras, pobres seres agobiados y maltratados por el mundo, apenados de
la vida que habían llevado. Extraño como solo Walter se sentía un tanto
orgulloso de haber llevado una vida al menos tolerable. Pero claro, el licor
saca los peores monstruos de la mente del humano, lo vuelve crítico con un
desdeño suicida, además de distraerlo de su presente inminente.
Así como todos los hombres son Odiseo, ¿no?, agregó Lucía con un tono
ligeramente melancólico. Sí, ya…
Como me gustaría ver el
cielo estrellado
¿Qué hora será?
Bueno muchachos, ha sido un placer comme tous le nuits. Calabaza,
calabaza. Walter se levantó de la comodidad de su silla y se terminó de bajar
el coñac. Vale, besos, saludes a la familia, bye. Salió tambaleando del bar a
la calle iluminada por la Luna. Luna llena, Luna lunera cascabelera. Caminó a
casa.
Pues sí, todos somos Ícaro, no hay duda. Aquel perro también, incluso
este césped. Incluso el fuego. En especial el fuego. Homo ac ignis est.
Cuando supe el secreto del fuego lo entendí todo. Irónico como siempre ha
estado ahí, desde el principio de la razón. El fuego solo es libre cuando se
extingue.
Todos en la historia lo han
querido negar, todos los filósofos, sólo alguno que otro poeta lo ha aceptado.
Schopenhauer: música y
misticismo
San Agustín y Santo Tomás:
la fe
Fromm, el amor
Cortázar, la poesía
Sartre, quizás, él sí lo
veía más claro
Lástima
Llegó al patio de la casa. Introibo
ad altare Dei! Rió un poco, pensó en Lucía. Y qué fácil vuelvo a ella. La
oculta. Su cielo infinito, su ideal. Agridulce que el que se la lleve a la cama
sea siempre ese infame, ese maldito Jorge.
Oh baby, let
me stay with you
One more
night, just one more
Mejor dejar de pensar en
ella, al final es malo para el hígado.
¿Cómo se llamaba aquella de Tchaikovsky? Todo el camino la tengo pegada
en la mente papa papa pan pan pam parapapám, papa papa parapara pam paráa… algo
con el azúcar.
¿Qué pensaría Da Vinci de
la obra de Goya? ¿Y Rembrandt? ¿Y Plotino?
Papa papa pampam,
papa papa pampam….
Metió la llave en el llavín oxidado. Pedro, no me pierdas las llaves del
cielo la diferencia es que este es mi laberinto en vez de caer al mar, caí de
nuevo en mi prisión menudo héroe Solo falta una inscripción en griego antiguo
en la fachada de la entrada… a Borges le gustaría eso.
Entró silencioso, la puerta
chirrió un grito de dolor.
Demonios
Recordar: comprar WD-40
Caminó de puntillas a través de la sala. Nadie se debe despertar, sino
se han de llamar los fuegos del infierno mañana.
Entró al cuarto.
¡Oh mi Penélope! Ahí está mi Penélope, ahí estás querida Tan acostada,
tan dormida ¿Has tejido suficientes telas hoy, Penélope? ¡Oh mi Pasifae! El
entrelazamiento cuántico dualidad onda-partícula en una cama. Se metió
cautelosamente a la cama y miró a su esposa. Con qué calma duermes, con qué
naturaleza, con qué fluidez Parece incluso un baile: tu pecho se expande al
ritmo del mar y ahí estoy yo naufragando
fragata defectuosa
La vida en una milonga
Quizás al revés.
¿Cuántos Robinsones se
habrán perdido ahí?
sch sch sch
sch
Tucutucu
tucutucu tucutucu tucutucu
sch sch sch
sch
tucutucu
tucutucu tucutucu tucutucu
sch sch
tucutucu tucutucu….
¿Acaso no estoy yo en todas partes? Die Welt ist meine Wille, o no? De una u otra manera Dios existe. Yo existo O mejor, sé que Dios existe
porque yo y el resto del mundo existimos; Sum ergo sum
Casi como los Upanishads
Bastante cómico, un hombre ebrio hasta la nuca y sabio como un brahmán o como
un Whitman
Hahaha ya tengo todo para
escribir un libro!
Mi extensión es infinita yo
soy el mundo Algo de razón tenía Spinoza: Yo soy cada árbol cada bosque Siento
cada océano y pruebo cada mar una estrella y ahí estoy yo
Un edificio y ahí estoy yo
Una iglesia
En mi esposa en mi hija en la música
En el viento
En la cara curtida de los viejos en la frescura de los niños
En los perros
En Jesús en Buddha en Mahoma en los héroes de la historia.
La historia es la ocurrencia de una sola persona. El mundo lastimándose a sí
mismo el Universal Uróboros. El Eterno Retorno de lo Idéntico One is All,
All is One
“Dios”. Que palabra tan
vacía
Como sabrán, queridos
estudiantes, el humano nunca ha sabido tratar bien esas cosas, se ve en Zenón 1
0.5 0.25 0.125 0.0625… No estaba tan loco Pitágoras Bueno, tal vez sí
Papaparapam paraparapam
PAM. Se cierra la ópera.
¡No era azúcar, eran
flautas! Obvio.
AHHHHHHHHHHHHHOAOAOAOA
Divertido como, aunque
grite en mi mente mi voz tiene el mismo volumen lo hace preguntarse a uno
acerca de la realidad de los monólogos
Esa palabra, La Palabra, deus,
gott, god, es como un cofre minúsculo en donde se trata de meter todo el
universo. Termina quedando vacío, se pierde el propósito Lista de palabras que
se acercan más al concepto: “Yo” “Inocencia” “Voluntad” “Noúmeno” “Pastel de
Fresa”
Recuerden el examen la
próxima semana, feliz fin de semana
Todas se escapan
Todas lo intenta, todas
caen al mar
Todas mueren
Así es, soy universal soy
indescriptible…
No obstante
Debemos ser críticos, por el futuro de la razón Todos los místicos y
poetas a lo más que han llegado es a eso: A la extensión, a su dinámica. Pero
nadie ha resuelto la pregunta del millón de dólares
¿Qué y quién soy?
Decir dónde está y cómo actúa no es decir qué se es El significado es
difuso qualitas occulta
La búsqueda del ser es una gran crisis de identidad. Rio un poco. Hay
que ver qué se le hace Al fin solo sé que no sé nada Buffalo buffalo buffalo
buffalo buffalo buffalo shi shi shi.
Así, Walt se entregó a los
brazos del sueño con una sonrisa en la cara. Estaba medio borracho, claro está.
Stop.
Hay que poner el ancla
Listo.
También had
had
had
had
had
had
had
zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz
La muerte de los puentes es tal vez la peor forma de destruir una feroz
pasión. Que el cuarzo sea rojo o
negro, eso no es de interés para nadie; quizás solo para las viejillas locas
que rondan los bares buscando quién escuche las anécdotas sobre sus dientes
postizos y de madera de diente de morsa. La mancha de grasa en la mesa, el yoga
kármico y la mandala del esqueleto cantan todas sobre la misma incertidumbre de
los besos parcialmente robados de un adoquín de España. Y ahí estaba Yo, detrás
de los cuernos de un toro negro, persiguiendo personajes en una plaza de
Pamplona; figurillas de colección de una reja de cristal akáshico: la voz del
que solo las almas antiguas llegan a entender. En la mente cantan todas las
distintas personas, todas contradiciéndose en una algarabía de mercado de
México; cantan a todos los rincones y desde todas las esquinas del hexágono
regular la infranarrativa del escritor con afán esquizofrénico o de Peter Pan.
Las puertas se cerraban alrededor continuamente. Corría y las puertas
estaban cerradas, ahora abiertas, cerradas, esta estaba abierta a lo lejos,
cerrada de cerca. Corría y sudaba, las puertas de pronto era espejos a otras
dimensiones y a otras vidas, llego a una y veo mi figura espantada del susto
del laberinto de Asterión
Atravieso el líquido
cristal
************
Cuando cierro los ojos la veo siempre a ella, la huelo, siento su sudor dulce en los pelos de mi pecho y mis piernas, siento mi garganta que se cierra de
pudor. Primero la veo, luego la huelo, luego me huelo a mí mismo, una mezcla
fascinante. Ella que huele a tabaco, yo que huelo a ausencias, a nada,
realmente a nada, solo huelo tabaco, pero no, sí llego a olerme. Me huele el olor
húmedo de los hongos de mis uñas, el olor a sobaco sudado, el olor a grasa de
pelo de varios días sin bañar. Ella me ve de vuelta, me sabe distante, me
ofrece un cigarro. Lo tomo de la punta, con delicadeza, como una daga, lo tomo
como se toma un pichón de albatros, observo su blanco de hueso. Me lo fumo, me
fumo otro, me fumo tres. Ahora las uñas no me huelen a hongos, me huelen a
tabaco húmedo, putrefactas. Ella me ve de nuevo. Me sabe contaminado. Me siento
vivo, ansioso, quiero fumarme otro cigarro. Al fin entiendo por qué te cuesta
dejar de fumar, le digo yo a ella. Imaginate vos, por algo fumo desde los doce,
me responde.
Ella no huele solo a tabaco. No como yo, que llevo mi perfume de tabaco
húmedo, y no me escapo de esa cárcel. Ella lo lleva diferente, con más
dignidad, sabiendo que ella misma va más allá, que su sweater de lana azul
oscuro y sus jeans sueltos, indiferentes. De detrás de la espalda, saca una
bolsa plástica, con unas figurillas negras dentro. ¿Qué tenés ahí? le pregunto.
Con una sonrisa, me responde, te van a encantar, son unos hongos que le compré
a un amigo. Saca uno y me lo pone en los labios con los suyos y me lo mete en
la boca con su lengua. Ahora huelo fuertemente el tabaco, junto al olor terroso
de los hongos, y el olor dulce de su hormona que me invita. Mastico varias
veces el honguillo, me sabe a tierra amarga, a gusano podrido. Veo que ella se come
uno también, se ríe, pícara, y yo aprovecho para acercarme más, insinuarla con
los ojos. Ella se lanza al ataque, nos besamos entre periodos largos de tiempos
y espacios, cierro mis ojos para intentar abrirlos en otro mundo, entre luces
de todos los colores, esperando que nos peguen los hongos.
Y entre saltos de peces, y forcejeos de manos que buscan los rincones de
las ropas, al fin abro los ojos y lo veo. Lo veo ahí, en el centro. Veo al
gato, justo en el centro, me acerco a él. Este me sonríe. Me habla con una
voz lejana, profunda, y me dice: ¿Quién habría de creer que los gatos sabemos
más de matemáticas de lo que piensan? En nuestras pupilas de microcosmos
revelamos números y átomos que se despliegan en hipotenusas y ligeros campos de
Higgs, para solamente ser destruidos y renovados una y otra vez en una
explosión continua de una gota de líquido semihumano que revela la sabiduría de
la matemática ciberespacial felina, además de la gama de colores del atardecer
del ojo de la bestia. A veces son verdes y azules, otras morados y marinos con
pupilas de montañas y cerros indescriptiblemente pequeños, solamente vistos por
los ojos del telescopio inverso de Galileo. Después ves un gran agujero negro
de masa infinita en el centro de la galaxia de proteínas, chupando y
absorbiendo todo en la sinfonía del ser metafísico.
Y ahora soy yo el que está cayendo en ese agujero negro (entre tantos,
el gato se esfumó), caigo, espero la muerte, espero la Nada, emocionado,
como montado en la cabeza de la serpiente, que está a punto de morderse otra
vez más su cola. Antes de morir, pienso, ¿cuántas veces más se repetirá el
ciclo? ¿Cuántas veces más he de nacer, he de crecer, de llorar, de oler mis
manos que huelen a tabaco podrido, cuántas veces más he de montar a esta
serpiente? Solo, en la oscuridad, intuyo millones de serpientes, y un algo
silencioso, que me acaricia el pecho y me cuenta que alguna salida secreta
tiene que haber.
me entrego, desnudo, al
silencio eterno.
************
La luz de la mañana
iluminaba todo el cuarto cuando, con los ojos como leña podrida, despertó
Walter. Escuchó el sonido de su mujer lavándose los dientes en el baño de al
lado, y se volvió para el otro lado de la cama, tapándose con la cobija la
cara. Poco a poco, fue recobrando el sentido de su cuerpo: sus pantorrillas
como un campo de guerra, su boca un cementerio de barcos naufragados. Sintió la
ropa de ayer, sucia e incómoda. Oyó la voz de su mujer: Llegaste muy tarde
anoche. Mmmmmm respondió Walter intentando dormirse de nuevo. Y además muy
borracho, continuó. Olés a puro güaro. Ni siquiera te lavaste los dientes,
cochino. Nos agarró tarde, logró responder Walter, resignado a levantarse. Ya,
bueno, levantate que ya es tarde, que quedamos con la Pili para lo de…… su voz
se perdió poco a poco en el baño, Walter quiso perderla. Se logró levantar, y
se sentó a la orilla de la cama, sucio, cansado y con la boca apestando a
mierda. Recordó su sueño, recordó una última vez a Lucía. Finalmente, se dio
por vencido, y aceptó que, una vez más, tendría que volver a la vida y salir al
gris de las calles.
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