Hay días en los que sencillamente uno no quiere escribir. Y, ¿qué hacer? Pos nada; así es la mente de… ¿vanidosa?...¿berrinchuda?...¿cuál era la palabra? ¿Cavilosa…? Pos no, si no viene, no viene; ya vendrá en algún momento. Posiblemente horas después cuando me esté bañando, o algo así por el estilo.
Y nada, la mente es un río que fluye, y corre, y baila, y viene y va. Mete y saca lo que quiere. Fluye en las piedras de las ideas: les da contornos y profundidades; ahonda en las simas más profundas cuando le da la gana y se queda en las nimiedades más absurdas al momento siguiente.
Es el esplín lo que no nos deja escribir en esos días grises. Ese miedo a lo que puede salir, que en el fondo es el miedo a lo que realmente somos. Es el mismo miedo que el miedo a dar un primer beso, pero aún más terrible. Más terrible, porque en un beso, el futuro y la incertidumbre dependen de la otra persona, además de que el sufrimiento interior termina bastante rápido (un beso se devuelve o se devuelve una cachetada); en escribir no. En la labor de escribir estamos nosotros, libres pero angustiados, nerviosos y aterrados. No importa realmente cuántos miles de párrafos haya escrito uno, ese miedo siempre está ahí, acechando las sombras de los cuartos, esperando a que uno baje las defensas para meterse en cualquier diminuta grieta de la armadura de nuestra experiencia.
Quizás el mejor remedio es aburrirse del aburrimiento, tirarse a pista, soltar la lancha al Río Reventazón que es la mente, y dejarlo ser, y ya. ¿Qué más da? Si la vida de una página llena de símbolos, ya sean escritos en tinta o digitados, no está asegurada. Hay que dejarse de tanto pedantismo, porque siempre está el último recurso, el más fiel amigo del escritor: el basurero.
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