sábado, 6 de febrero de 2021

Me Llamo Carlos


Carlitos, no lo hagás- me decía a mí mismo, no lo hagás.  Yo no me llamo Carlos, ni estaba haciendo nada raro, solo me decía: no lo hagás. Me hablaba mi voz de madre que me llamaba Carlos, que era el nombre que casi me pusieron cuando nací, pero al final se decidieron por el que traigo en la cédula. No lo hagás, me dice mi madre, no lo hagás, como diciéndome, no seas el Otro, ese que sí fue, quédate siendo vos, el que todavía puede ser, el que no ha sido del todo. Me llamaba a mí mismo Carlos, siendo yo el Otro, queriendo ser él. Le escribía cartas a Carlos, al Carlos que se perdió en los mares de posibilidades. Le contaba mis días, mis notas en el cole, los ojos que me enamoraron, las noches de no dormir, de mi graduación de la Uni, de mi noche de bodas con la Susana, de mis enfermedades, de mis hijos: todo a Carlos, querido Carlos, hoy no hice realmente mucho, vi mucha tele, estuve viendo la pared un par de horas a las 3 de la mañana, lo normal, vos no debes de gastar tanto tu tiempo haciendo nada, vos debes estar preparándote para entrar a un colegio gringo, o escribiendo un libro, o estudiando para los exámenes, en fin, mañana hablamos de nuevo, un abrazo, tu querido Carlos

En algún momento de mi vida me dio por las pajas. Creo que a Carlos no le gustaba que me masturbara tanto, a veces imaginaba que me miraba desde una esquina oscura de mi cuarto, con vergüenza de las 3, 4, 7 veces que me la jalaba. A mis padres y a mi esposa tampoco les gustaba mucho, y lo sé porque me agarraron un par de veces con las manos en la obra, pero en eso nunca les hice caso, ellos no sabrían lo que es ese dolor que lo quema todo, que solo se alivia al quemar esa parte del cuerpo.   Una vez que terminaba mis furiosas sesiones, me decía, Carlitos por qué lo hiciste, y me limpiaba con un poco del papel higiénico que tenía escondido en el cuarto, y procedía a mis operaciones favoritas post-coito. Primero me olía el sudor de la niez, el que mis amigos llamaban ni-cu-ni-hue, que me encantaba por el olor a nuez madura, a una noche de hacer el amor sin parar (Carlitos no tenía problemas con esto, a él también le gustaba). Luego pasaba uno de mis dedos por donde empieza la abertura de las nalgas, que tenía un olor particularmente diferente al del perineo; este era un olor más ácido, y rancio, pero igualmente satisfactorio. Luego pasaba a mis pies, especialmente los dedos gordos (los franceses les llaman ortejos, los muy vulgares). Si había llevado medias todo el día, recogía las bolitas de sudor que se formaban entre los dedos, y también disfrutaba de su olor. Luego pasaba una aguja o la punta de un cortauñas por debajo de mis uñas gordas, buscando el tesoro más preciado, aquel trocito de piel que quedaba días y semanas absorbiendo sudor y humedad, y Carlos me decía, no lo hagás, y bueno, qué más da, yo lo hacía y lo encontraba con placer y lo olía a gusto, y Carlitos que asco, pero que rico que olía, similar al olor de una almendra, o el olor de una nuez recién abierta. Me encantaba tanto ese olor, que a veces me destruía los dedos de los pies buscando esos nuggets de oro, tanto que siempre que usaba zapatos me dolía caminar, y Carlitos, nadie te tiene, nadie te tiene de puerco. Finalmente, cuando Carlitos ya se había ido del asco, me comía un moco y me echaba a tomar la siesta.

Por supuesto que nada de esto le gustaba a Carlos, excepto tal vez el olor del sudor. Pero yo sabía que nada de eso hacía Carlos, él era casi perfecto. Carlos estudió lo que quería, y lo que quería era lo que sus padres querían, y sacó buenas notas, era siempre obediente y disciplinado, y Carlos no fue miserable años de años en un trabajo decrépito que no tenía futuro que lo corroía por dentro día a día; ni se casó Carlos con mi mujer alcohólica, sino con la mujer de su vida, ni tuvo pequeños diablillos de hijos que nadie se aguanta como los míos, nada de eso. Carlos fue ese que nunca pude ser. Frecuentemente, Carlos me perseguía en sueños, preguntándome, ¿por qué me quitaste mi espacio, si era yo el que debía ser? Y yo, guiado por un instinto meramente animal, solo corría, pero Carlos me seguía por callejones y a cada esquina lo veía; cada vez que corría más rápido, Carlos más rápido me seguía, hasta que inevitablemente me lo topaba de frente en uno de los callejones y Carlos sin inmutarse un solo segundo sacaba un largo cuchillo y, con una sonrisa tranquila y justa, me clavaba el cuchillo en el estómago. Después de desangrarme un tiempo en el suelo de ese callejón infame, escuchaba a Carlos decirme cosas que no me atrevo a repetir; yo solo lloraba sangre y le pedía que terminara el trabajo, con lo que él me pasaba el cuchillo por el cuello. Yo luego despertaba pensando si al fin era Carlos o aún era el Otro, me levantaba confundido, seguro que esta vez ya mi nombre era Carlos. Iba al baño y me miraba en el espejo. Seguía viendo al Otro en el desierto de mis ojos. Espero aún el día, como la monja espera temblorosa en su écstasis la llegada del Hijo del Hombre, en que yo quede por siempre del otro lado del sueño, viendo a Carlos silenciosamente desde ese valle de sombras y de niebla y Carlos despierte, tranquilo, en un mundo de otros Carlos, sabiendo que en sus sueños no lo van a perseguir, que no debe morir de nuevo, pudiéndose llamar como debe, pudiéndose llamar Carlos.

viernes, 22 de febrero de 2019

Y Saber

Y saber que nunca más estarás,
que dos líneas una única vez se cruzan
saber que no serás más que
otra forma sutil del Olvido
tratando de aferrarse a la vida,
un pez más en el río del Tiempo
que nunca es el mismo río
pero siempre el mismo cruel fluir

Y saber que ni estos tristes
y faltos versos alguna vez leerás
en tu idioma extraño
de fiordos y vikingos
de viajes y victorias:
ese mundo ajeno
reflejo de otro espejo que no es mi espejo

Y saber que tu sonrisa por siempre
se perderá en este infinito mar
de edificios y semáforos,
que cuando nos reencontremos
no seremos más que ceniza y polvo
en la silenciosa memoria de la tierra.

jueves, 14 de febrero de 2019

Dios nos habla en Señas

El reloj de la estación se detiene
ahí está el momento:
la mano, la sonrisa, los labios
La emoción de
decirlo todo
soltar los caballos, romper las ataduras
respirar el aire fresco de la mañana y
ser Uno eternamente
por un segundo

Y sin embargo

Silencio

mientras tanto
Dios nos habla en señas:
El reloj de la estación sigue andando

miércoles, 20 de septiembre de 2017

En el silencio las abstracciones se convierten en acciones.


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La triste realización de que la vida es dolor y solo dolor… es la que hace al humano buscar un horizonte más prometedor que el actual mundo liderado por chimpancés idiotas que se evaden a sí mismos.
Es ahí donde se buscan las drogas, la pornografía, la distracción mental, que eventualmente lleva al suicidio mental. Buscamos los placeres carnales, las historias nuevas, las entretenidas tragedias para evadirnos de nosotros mismos, para distraer la mente y evitar soltar el gran perro rabioso que puede llegar a destruirnos la carnes y desgarrarnos los tendones. Guardamos ese perro en una jaula gigante, irrompible por nuestra propia evasión, y vivimos viendo las noticias de las 7 todos los días… buscando algo, a nosotros mismos, a la vida que deseamos…

Pero, cuidado aquel que suelte al perro rabioso… porque ese Cerbero se las trae.

En Esos Días Grises...




Hay días en los que sencillamente uno no quiere escribir. Y, ¿qué hacer? Pos nada; así es la mente de… ¿vanidosa?...¿berrinchuda?...¿cuál era la palabra? ¿Cavilosa…? Pos no, si no viene, no viene; ya vendrá en algún momento. Posiblemente horas después cuando me esté bañando, o algo así por el estilo.
Y nada, la mente es un río que fluye, y corre, y baila, y viene y va. Mete y saca lo que quiere. Fluye en las piedras de las ideas: les da contornos y profundidades; ahonda en las simas más profundas cuando le da la gana y se queda en las nimiedades más absurdas al momento siguiente.
Es el esplín lo que no nos deja escribir en esos días grises. Ese miedo a lo que puede salir, que en el fondo es el miedo a lo que realmente somos. Es el mismo miedo que el miedo a dar un primer beso, pero aún más terrible. Más terrible, porque en un beso, el futuro y la incertidumbre dependen de la otra persona, además de que el sufrimiento interior termina bastante rápido (un beso se devuelve o se devuelve una cachetada); en escribir no. En la labor de escribir estamos nosotros, libres pero angustiados, nerviosos y aterrados. No importa realmente cuántos miles de párrafos haya escrito uno, ese miedo siempre está ahí, acechando las sombras de los cuartos, esperando a que uno baje las defensas para meterse en cualquier diminuta grieta de la armadura de nuestra experiencia.


Quizás el mejor remedio es aburrirse del aburrimiento, tirarse a pista, soltar la lancha al Río Reventazón que es la mente, y dejarlo ser, y ya. ¿Qué más da? Si la vida de una página llena de símbolos, ya sean escritos en tinta o digitados, no está asegurada. Hay que dejarse de tanto pedantismo, porque siempre está el último recurso, el más fiel amigo del escritor: el basurero.

jueves, 18 de agosto de 2016

Ojos de Fuego

En la oscuridad de la sima
Se encuentra el caminante:
Peregrino,
Gran trovador,
Cantante de vida,
Vividor de cantos

Él solo va de paso

En la oscuridad de la sima
Camina el caminante:
Perseverante
Gran hombre de mundo
En la noche camina
En las cuevas mora

En la noche de eternidades
Noches oscura, ¡Luna negra!
Sigue caminando
Aunque ciego camine
Aunque dolido yazca

Abre sus ojos el caminante
Del impávido, lúgubre sueño
"Abre tus ojos caminante
Y busca la luz en los míos
Busca tu paz en los míos"

Cansado el hombre:
La espalda luyida,
Vacío el estómago,
Con el alma cautiva
Vio a aquel Sol de soles
Viento de vientos
Rey de lluvias y alientos:

Ojos de niño, relampagueantes
de fuego azul, de vida
Se presentan ante los tuyos, caminante
Y como al compartir una candela
Se prende tu pecho, heráldico: flamante

Camina en la noche con ojos
de niño de fuego fatuo
Peregrino sin rumbo, mas toma
de la mano a aquel niño
que pronto terminamos el camino.

****************

En la oscuridad de la sima
Se encuentra el caminante
Acompañado por su niño va:
Dos son
Uno
Y Uno
son Todos
Van saliendo juntos de la sima
Se discierne en la sombra
Dos ojos azules y
Un corazón en llamas. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Fragmento 3

Es algo de la imposibilidad social che. Es algo de la diferencia social, algo del préstamo dialéctico de sociedades pasadas, algo del intercambio lingüístico de las culturas, algo de la hemoglobina y su carencia de hierro,  algo del hipotiroidismo del corazón por falta de mar y Luna. Es algo de este mismo texto, que refleja todo sin decir nada, algo de los mismos espejos, algo de la literatura, de los textos en sí. "Literar", que bonito verbo. "Dícese de la acción de amar con ideas". Real Academia (2016) Madrid, España. Es algo de la petulancia de la gente, de los perros, de los gatos, del aire, de los ojos, que hace que unos días ni quiera ver el reloj, porque solo me trae la muerte como las mareas siempre traen a la arena la mierdilla de los niños que cagan en el mar (acto, por cierto, repulsivo); y otros que quiera ser una sombra al borde de un bosque de pinos canadienses. Es algo de Dios, algo de las bacterias. ¿Y por qué molestarse? Si nacer o morir es indiferente en este pueblo (como el pueblo de Rulfo), ¿por qué llevamos acabo esta tragicomedia?¿Por qué no nos tragamos una pastilla de cianuro, como los espías anti-literatura-anti-poesía-antianti? Y a la orilla de estas preguntas, se nos aproxima la idea: entra, como un ladrón por la ventana, o como una bacteria de transmisión sexual (y me preguntan por qué uso condón, serán sonsos). La idea se nos mete en la jupa y nos va carcomiendo el espíritu poco a poco, como una comecarne. El ácido suiciúrico nos corroe las ganas, y nos corroe los dientes, y lo peor, lo peor de todo,¡lo peor! es que algunos pendejos lo guardan en una botellita café con tapón de hule en algún laboratorio por ahí escondido. Una vez que entra, nada la detiene, y el color grisáceo se apodera de nuestros ojos, el color grisáceo se apodera de nuestro mundo.
Pongan atención: Tío, Macho, Güey, Mae, Pibe, Pelotudo, Güevon, Mop, Viejo, Rasta... ¿para qué tantas formas de llamarnos los unos a los otros, si ni siquiera podemos llamarnos clara e individualmente a nosotros mismo? Porque si escribo "Esteban", estas 7 letras por sí mismas no tienen significado sin alguien que responda cuando lo llamen.
Tal vez entonces el kibutz del deseo solo sea un sueño infantil de adultos ciegos por su orgullo, ¿acaso nunca será suficiente? Tal vez la paz solo sea un límite a un número cuando el humano tiene a infinito. Asíntota horizontal. Regla de L'Hopital. ¿Después qué? Con tantos teoremas, reglas y leyes, quedamos en lo mismo: muy en el fondo estamos vacíos y la vida no es más que la triste realización de que ese vacío es interminable, pero solo nos damos cuenta de esto cuando se nos acaba la vida. Aquí yace el preligro del posmodernismo y el perspectivismo, o puesto de otra manera: Nietzsche nunca consideró que sus libros realmente iban a ser leídos por todos y por nadie.