Carlitos, no lo hagás- me decía a
mí mismo, no lo hagás. Yo no me llamo
Carlos, ni estaba haciendo nada raro, solo me decía: no lo hagás. Me hablaba mi
voz de madre que me llamaba Carlos, que era el nombre que casi me pusieron
cuando nací, pero al final se decidieron por el que traigo en la cédula. No lo
hagás, me dice mi madre, no lo hagás, como diciéndome, no seas el Otro, ese que
sí fue, quédate siendo vos, el que todavía puede ser, el que no ha sido del
todo. Me llamaba a mí mismo Carlos, siendo yo el Otro, queriendo ser él. Le
escribía cartas a Carlos, al Carlos que se perdió en los mares de
posibilidades. Le contaba mis días, mis notas en el cole, los ojos que me enamoraron,
las noches de no dormir, de mi graduación de la Uni, de mi noche de bodas con la Susana, de mis enfermedades, de mis hijos: todo a Carlos, querido Carlos, hoy no hice realmente
mucho, vi mucha tele, estuve viendo la pared un par de horas a las 3 de la
mañana, lo normal, vos no debes de gastar tanto tu tiempo haciendo nada, vos
debes estar preparándote para entrar a un colegio gringo, o escribiendo un
libro, o estudiando para los exámenes, en fin, mañana hablamos de nuevo, un
abrazo, tu querido Carlos
En algún momento de mi vida me
dio por las pajas. Creo que a Carlos no le gustaba que me masturbara tanto, a
veces imaginaba que me miraba desde una esquina oscura de mi cuarto, con vergüenza
de las 3, 4, 7 veces que me la jalaba. A mis padres y a mi esposa tampoco les gustaba mucho,
y lo sé porque me agarraron un par de veces con las manos en la obra, pero en
eso nunca les hice caso, ellos no sabrían lo que es ese dolor que lo quema todo, que solo se alivia al quemar esa parte del cuerpo. Una vez que
terminaba mis furiosas sesiones, me decía, Carlitos por qué lo hiciste, y me
limpiaba con un poco del papel higiénico que tenía escondido en el cuarto, y procedía
a mis operaciones favoritas post-coito. Primero me olía el sudor de la
niez, el que mis amigos llamaban ni-cu-ni-hue, que me encantaba por el olor a nuez madura, a una noche de hacer el amor sin parar (Carlitos no tenía problemas con esto, a él también le gustaba). Luego pasaba
uno de mis dedos por donde empieza la abertura de las nalgas, que tenía un olor
particularmente diferente al del perineo; este era un olor más ácido, y rancio, pero igualmente satisfactorio. Luego pasaba a mis pies, especialmente
los dedos gordos (los franceses les llaman ortejos, los muy vulgares). Si había llevado medias todo el día, recogía las bolitas de sudor que se formaban entre los dedos, y también disfrutaba de su olor. Luego pasaba
una aguja o la punta de un cortauñas por debajo de mis uñas gordas, buscando el
tesoro más preciado, aquel trocito de piel que quedaba días y semanas
absorbiendo sudor y humedad, y Carlos me decía, no lo hagás, y bueno, qué más
da, yo lo hacía y lo encontraba con placer y lo olía a gusto, y Carlitos que
asco, pero que rico que olía, similar al olor de una almendra, o el olor de una
nuez recién abierta. Me encantaba tanto ese olor, que a veces me destruía los
dedos de los pies buscando esos nuggets de oro, tanto que siempre que usaba
zapatos me dolía caminar, y Carlitos, nadie te tiene, nadie te tiene de puerco. Finalmente, cuando Carlitos ya se había ido del asco, me comía un moco y me echaba a tomar la siesta.
Por supuesto que nada de esto le gustaba a Carlos, excepto tal vez el olor del sudor. Pero yo sabía que nada de eso hacía Carlos, él era casi perfecto. Carlos estudió lo que quería, y lo que quería era lo que sus padres querían, y sacó buenas notas, era siempre obediente y disciplinado, y Carlos no fue miserable años de años en un trabajo decrépito que no tenía futuro que lo corroía por dentro día a día; ni se casó Carlos con mi mujer alcohólica, sino con la mujer de su vida, ni tuvo pequeños diablillos de hijos que nadie se aguanta como los míos, nada de eso. Carlos fue ese que nunca pude ser. Frecuentemente, Carlos me perseguía en sueños, preguntándome, ¿por qué me quitaste mi espacio, si era yo el que debía ser? Y yo, guiado por un instinto meramente animal, solo corría, pero Carlos me seguía por callejones y a cada esquina lo veía; cada vez que corría más rápido, Carlos más rápido me seguía, hasta que inevitablemente me lo topaba de frente en uno de los callejones y Carlos sin inmutarse un solo segundo sacaba un largo cuchillo y, con una sonrisa tranquila y justa, me clavaba el cuchillo en el estómago. Después de desangrarme un tiempo en el suelo de ese callejón infame, escuchaba a Carlos decirme cosas que no me atrevo a repetir; yo solo lloraba sangre y le pedía que terminara el trabajo, con lo que él me pasaba el cuchillo por el cuello. Yo luego despertaba pensando si al fin era Carlos o aún era el Otro, me levantaba confundido, seguro que esta vez ya mi nombre era Carlos. Iba al baño y me miraba en el espejo. Seguía viendo al Otro en el desierto de mis ojos. Espero aún el día, como la monja espera temblorosa en su écstasis la llegada del Hijo del Hombre, en que yo quede por siempre del otro lado del sueño, viendo a Carlos silenciosamente desde ese valle de sombras y de niebla y Carlos despierte, tranquilo, en un mundo de otros Carlos, sabiendo que en sus sueños no lo van a perseguir, que no debe morir de nuevo, pudiéndose llamar como debe, pudiéndose llamar Carlos.
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