"...bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto."
J. L. Borges
Entré al baño con ganas de bañarme. La luz de la tarde me dió la bienvenida desde la ventana, hacía un clima bellísimo. Estaba entrando el veranillo de San Juan, días bellísimos robados de diciembre en medio de la época lluviosa en el trópico.
Me quité la camisa sudada, exploré mi cuerpo frente al espejo. Después de revisar alguna que otra espinilla sobre mi piel, y de estripar sin piedad algún que otro clavillo, me vi realmente reflejado en ese baño. Este ser que tenía de frente. Una cara barbuda y un pelo desarreglado, un par de ojos café... me fijé principalmente en los ojos. Si alineaba correctamente mi cuerpo, la luz podía iluminar de lado mi cara y ver precisamente la forma del iris de mis ojos.
Vi una topografía impresionante: montañas y cordilleras cafés, orbitando un centro oscuro, fuente del caos eterno. La luz en su ángulo perfecto permitía ver justamente todas esas formas, que en cualquier otro momento son invisibles al mundo, y sin embargo, ahí estaban, revelándose de forma inesperada. Maravillado, me quedé absorto un tiempo, intentando reconocer los terrenos de ese diminuto país inexplorado, intenté nombrar sus valles y montañas con nombres fantásticos de una lengua fantástica.
Entonces lo vi. En el centro de ese mundo, en la oscuridad del ojo, vi mi cara reflejada viéndose al espejo. Imaginé como esa cara se daba cuenta de estarse viendo, a su vez, a sí misma en el espejo, y pensar que en su ojo-reflejo existe otra cara reflejada y así continuamente ad infinitum. Imaginé mis infinitas caras viéndose al espejo, dándose cuenta que cada una era solo el inicio de una cadena infinita, y recordé esa declaración de Borges sobre los espejos y los laberintos. Pensé que Borges se había equivocado, no se requieren dos espejos para construir un laberinto, realmente basta un solo espejo. Caído ya el Sol, en esa inefable hora crepuscular, me di cuenta que realmente no se había equivocado el maestro en su declaración, tan solo había olvidado mencionar algo fundamental: que el observador y el segundo espejo son el mismo. Me atrevería a agregar entonces, que siempre que hayan dos ojos que se ven, existe ya en ese instante un infinito laberinto que se mira, que se intenta comprender, que lucha, y mata, y muere, y quizás, sí, ama.
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