sábado, 20 de mayo de 2023

Versos Últimos

Ahora, que pronto muero

Y dejo estos pueblos y valles 

                             de oscuras flores

Me encontrarán dando

                              mi último aliento

Y en él, desbordante,

                              mi último verso

Será una última fórmula

                              secreta para mi amada

La Vida misma, mistérico río

                              de Noche y Viento

Y sabrá mi amada,

                              en ese momento

¡Nada te reprocho,

                             todo te lo he cantado!

¡Vida frágil, vida sangrante

                            Hermana impecable del sueño!

miércoles, 22 de junio de 2022

Un Verso, uno solo

Quiero escribir un libro que le llegue a todos los niños de la Tierra

Un libro que resuene y caliente los hogares en invierno

Que esté presente en cada beso y en cada memoria

Que cada marino pueda leerlo en la sal de las olas y en la forma de las estrellas

¿Será acaso esto mucho pedir?


Quiero escribir entonces un poema que resuene en los portales de mi infancia

Uno que contenga los juegos y las risas de los jardines

Que le inflame el corazón a mi primer lejano amor

Uno simple, sonoro, un poema en sí mismo

¿Será acaso esto mucho pedir? 


Quiero escribir entonces un verso, uno solo, pequeño como grano de avena

Uno fácil de cantar, para la memoria del campesino

Un verso que alegre las jornadas de café

Que estremezca los cristales húmedos cuando llueva al alba

¿Será acaso esto mucho pedir?


Después de tanto escribir, y mal lograr el sagrado verso

Decepcionado y triste, finalmente he decidido

Nunca más querer ese verso hermoso

Olvidar mi poema sonoro

Desistir de mi libro inefable


A esto he llegado: que el verso es imperfecto

Y la lengua siempre tosca

Pero bello es el espíritu

Y siempre sutil el Silencio

La palabra su origen ha perdido

Pero el alma, siempreverde, su íntimo

secreto siempre ha mantenido.


A esto he llegado, oh queridos:

No escribir versos, vivir sus poemas

es la forma más alta de la obra del Poeta.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Me iré, silenciosamente, una tarde de Abril

 Me iré, silenciosamente, una tarde de Abril

Pronto, lo sé, velarán mi cuerpo con flores y whiskey

Llorarán una lágrima única las mujeres que me amaron

Y quemarán mi cuerpo en los fuegos eternos de los crematorios.

¡Cuánto anhelo ese momento! En que mis aguas vuelvan a las fuertes nubes,

Y mis aires canten de vuelta con los cielos

Que mis fuegos ardan con el primigenio Fuego

Y mi tierra yazca, una vez más, a las faldas de las raíces de los pinos.

O seré enterrado bajo un viejo olmo, junto a los musgos amigos que me han acompañado.

Con una última fuerza, exhalaré mi último aliento, sabiendo que mi calavera

coronada de rosas, le sonreíra a la oscuridad de la tierra

hasta perderse de la memoria de mi gente.


No llores, mujer amada, que me voy como he venido: desnudo y sin fronteras,

tan aferrado a la Vida, que me entrego a la Muerte, su otra cara, 

con la misma fuerza con la que nací.

Me iré, silenciosamente, una tarde de Abril

No me iré a otros puertos, ni a otras Tierras, no

Volveré a ese Silencio jubiloso, que tanto he amado

en el que mi alma puede cantar a las estrellas y a los Planetas.

Y si has de hallarme, no deberás más que buscar esa Oscuridad interna

Para escuchar el  baile de mi corazón

Disuelto en los mares de la Eternidad.


Me iré, silenciosamente, una tarde de Abril

Y realmente nunca me habré ido.

martes, 1 de junio de 2021

Inducción

 "...bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto."

 J. L. Borges

Entré al baño con ganas de bañarme. La luz de la tarde me dió la bienvenida desde la ventana, hacía un clima bellísimo. Estaba entrando el veranillo de San Juan, días bellísimos robados de diciembre en medio de la época lluviosa en el trópico. 

Me quité la camisa sudada, exploré mi cuerpo frente al espejo. Después de revisar alguna que otra espinilla sobre mi piel, y de estripar sin piedad algún que otro clavillo, me vi realmente reflejado en ese baño. Este ser que tenía de frente. Una cara barbuda y un pelo desarreglado, un par de ojos café... me fijé principalmente en los ojos. Si alineaba correctamente mi cuerpo, la luz podía iluminar de lado mi cara y ver precisamente la forma del iris de mis ojos. 

Vi una topografía impresionante: montañas y cordilleras cafés, orbitando un centro oscuro, fuente del caos eterno. La luz en su ángulo perfecto permitía ver justamente todas esas formas, que en cualquier otro momento son invisibles al mundo, y sin embargo, ahí estaban, revelándose de forma inesperada. Maravillado, me quedé absorto un tiempo, intentando reconocer los terrenos de ese diminuto país inexplorado, intenté nombrar sus valles y montañas con nombres fantásticos de una lengua fantástica.

Entonces lo vi. En el centro de ese mundo, en la oscuridad del ojo, vi mi cara reflejada viéndose al espejo. Imaginé como esa cara se daba cuenta de estarse viendo, a su vez, a sí misma en el espejo, y pensar que en su ojo-reflejo existe otra cara reflejada y así continuamente ad infinitum. Imaginé mis infinitas caras viéndose al espejo, dándose cuenta que cada una era solo el inicio de una cadena infinita, y recordé esa declaración de Borges sobre los espejos y los laberintos. Pensé que Borges se había equivocado, no se requieren dos espejos para construir un laberinto, realmente basta un solo espejo. Caído ya el Sol, en esa inefable hora crepuscular, me di cuenta que realmente no se había equivocado el maestro en su declaración, tan solo había olvidado mencionar algo fundamental: que el observador y el segundo espejo son el mismo. Me atrevería a agregar entonces, que siempre que hayan dos ojos que se ven, existe ya en ese instante un infinito laberinto que se mira, que se intenta comprender, que lucha, y mata, y muere, y quizás, sí, ama.


sábado, 6 de febrero de 2021

Me Llamo Carlos


Carlitos, no lo hagás- me decía a mí mismo, no lo hagás.  Yo no me llamo Carlos, ni estaba haciendo nada raro, solo me decía: no lo hagás. Me hablaba mi voz de madre que me llamaba Carlos, que era el nombre que casi me pusieron cuando nací, pero al final se decidieron por el que traigo en la cédula. No lo hagás, me dice mi madre, no lo hagás, como diciéndome, no seas el Otro, ese que sí fue, quédate siendo vos, el que todavía puede ser, el que no ha sido del todo. Me llamaba a mí mismo Carlos, siendo yo el Otro, queriendo ser él. Le escribía cartas a Carlos, al Carlos que se perdió en los mares de posibilidades. Le contaba mis días, mis notas en el cole, los ojos que me enamoraron, las noches de no dormir, de mi graduación de la Uni, de mi noche de bodas con la Susana, de mis enfermedades, de mis hijos: todo a Carlos, querido Carlos, hoy no hice realmente mucho, vi mucha tele, estuve viendo la pared un par de horas a las 3 de la mañana, lo normal, vos no debes de gastar tanto tu tiempo haciendo nada, vos debes estar preparándote para entrar a un colegio gringo, o escribiendo un libro, o estudiando para los exámenes, en fin, mañana hablamos de nuevo, un abrazo, tu querido Carlos

En algún momento de mi vida me dio por las pajas. Creo que a Carlos no le gustaba que me masturbara tanto, a veces imaginaba que me miraba desde una esquina oscura de mi cuarto, con vergüenza de las 3, 4, 7 veces que me la jalaba. A mis padres y a mi esposa tampoco les gustaba mucho, y lo sé porque me agarraron un par de veces con las manos en la obra, pero en eso nunca les hice caso, ellos no sabrían lo que es ese dolor que lo quema todo, que solo se alivia al quemar esa parte del cuerpo.   Una vez que terminaba mis furiosas sesiones, me decía, Carlitos por qué lo hiciste, y me limpiaba con un poco del papel higiénico que tenía escondido en el cuarto, y procedía a mis operaciones favoritas post-coito. Primero me olía el sudor de la niez, el que mis amigos llamaban ni-cu-ni-hue, que me encantaba por el olor a nuez madura, a una noche de hacer el amor sin parar (Carlitos no tenía problemas con esto, a él también le gustaba). Luego pasaba uno de mis dedos por donde empieza la abertura de las nalgas, que tenía un olor particularmente diferente al del perineo; este era un olor más ácido, y rancio, pero igualmente satisfactorio. Luego pasaba a mis pies, especialmente los dedos gordos (los franceses les llaman ortejos, los muy vulgares). Si había llevado medias todo el día, recogía las bolitas de sudor que se formaban entre los dedos, y también disfrutaba de su olor. Luego pasaba una aguja o la punta de un cortauñas por debajo de mis uñas gordas, buscando el tesoro más preciado, aquel trocito de piel que quedaba días y semanas absorbiendo sudor y humedad, y Carlos me decía, no lo hagás, y bueno, qué más da, yo lo hacía y lo encontraba con placer y lo olía a gusto, y Carlitos que asco, pero que rico que olía, similar al olor de una almendra, o el olor de una nuez recién abierta. Me encantaba tanto ese olor, que a veces me destruía los dedos de los pies buscando esos nuggets de oro, tanto que siempre que usaba zapatos me dolía caminar, y Carlitos, nadie te tiene, nadie te tiene de puerco. Finalmente, cuando Carlitos ya se había ido del asco, me comía un moco y me echaba a tomar la siesta.

Por supuesto que nada de esto le gustaba a Carlos, excepto tal vez el olor del sudor. Pero yo sabía que nada de eso hacía Carlos, él era casi perfecto. Carlos estudió lo que quería, y lo que quería era lo que sus padres querían, y sacó buenas notas, era siempre obediente y disciplinado, y Carlos no fue miserable años de años en un trabajo decrépito que no tenía futuro que lo corroía por dentro día a día; ni se casó Carlos con mi mujer alcohólica, sino con la mujer de su vida, ni tuvo pequeños diablillos de hijos que nadie se aguanta como los míos, nada de eso. Carlos fue ese que nunca pude ser. Frecuentemente, Carlos me perseguía en sueños, preguntándome, ¿por qué me quitaste mi espacio, si era yo el que debía ser? Y yo, guiado por un instinto meramente animal, solo corría, pero Carlos me seguía por callejones y a cada esquina lo veía; cada vez que corría más rápido, Carlos más rápido me seguía, hasta que inevitablemente me lo topaba de frente en uno de los callejones y Carlos sin inmutarse un solo segundo sacaba un largo cuchillo y, con una sonrisa tranquila y justa, me clavaba el cuchillo en el estómago. Después de desangrarme un tiempo en el suelo de ese callejón infame, escuchaba a Carlos decirme cosas que no me atrevo a repetir; yo solo lloraba sangre y le pedía que terminara el trabajo, con lo que él me pasaba el cuchillo por el cuello. Yo luego despertaba pensando si al fin era Carlos o aún era el Otro, me levantaba confundido, seguro que esta vez ya mi nombre era Carlos. Iba al baño y me miraba en el espejo. Seguía viendo al Otro en el desierto de mis ojos. Espero aún el día, como la monja espera temblorosa en su écstasis la llegada del Hijo del Hombre, en que yo quede por siempre del otro lado del sueño, viendo a Carlos silenciosamente desde ese valle de sombras y de niebla y Carlos despierte, tranquilo, en un mundo de otros Carlos, sabiendo que en sus sueños no lo van a perseguir, que no debe morir de nuevo, pudiéndose llamar como debe, pudiéndose llamar Carlos.

viernes, 22 de febrero de 2019

Y Saber

Y saber que nunca más estarás,
que dos líneas una única vez se cruzan
saber que no serás más que
otra forma sutil del Olvido
tratando de aferrarse a la vida,
un pez más en el río del Tiempo
que nunca es el mismo río
pero siempre el mismo cruel fluir

Y saber que ni estos tristes
y faltos versos alguna vez leerás
en tu idioma extraño
de fiordos y vikingos
de viajes y victorias:
ese mundo ajeno
reflejo de otro espejo que no es mi espejo

Y saber que tu sonrisa por siempre
se perderá en este infinito mar
de edificios y semáforos,
que cuando nos reencontremos
no seremos más que ceniza y polvo
en la silenciosa memoria de la tierra.

jueves, 14 de febrero de 2019

Dios nos habla en Señas

El reloj de la estación se detiene
ahí está el momento:
la mano, la sonrisa, los labios
La emoción de
decirlo todo
soltar los caballos, romper las ataduras
respirar el aire fresco de la mañana y
ser Uno eternamente
por un segundo

Y sin embargo

Silencio

mientras tanto
Dios nos habla en señas:
El reloj de la estación sigue andando